Imagen: Fernando Sánchez Gómez.

Alegría porque, como bien ha dicho Isabel Sánchez en el face, que es nuestro diario compartido, vivimos en casas calientes, podemos compartir la comida, la lectura, el cariño, ese cariño que desborda los móviles en forma de mensaje navideño. Somos unos privilegiados que sentimos el calor y el color de días de fiesta en los que dejar a un lado las prisas y los agobios para disfrutar de lo bueno, de una niña que va de un lado a otro de la casa con sus tres años de alegría, de un bebé que acaba durmiéndose de puro agotamiento ahí, en el pasillo, entre las bolsas y los abrigos, escuchando la musiquita de un teléfono. Días de calma.

Y es que hay que valorar esa calma. Disfrutar de comprar aquello que queremos que disfrutemos aquellos que amamos. Disfrutar de los niños alegres y sí, un poco regalados de más, qué vamos a hacer. Disfrutar de los abuelos que hasta se agarran una gripe para que les cuidemos aún más. Disfrutar de un rato de paz entre tanta llamada y tanta visita, de una copa de vino mientras el horno acaba su trabajo. Regalarse un tiempo de alegría y de aquello que amamos y gustamos sin esa urgencia feroz de tenerlo todo perfecto y preparado para revista. Un tiempo nuevo.

Y eso creo que es lo que tengo en esta mi casa, la pequeña paz de no tener más obligación que quererse. Nada del otro mundo, nada excesivo. Un árbol de navidad que cada año tiene un adorno nuevo. Un montoncito de libros que he elegido con mimo. Una caja de lata con algunos dulces que mi hija nunca toca. Y ese montón de mensajes a los que hay que responder con cariño. Y esa sensación de que no tenemos tiempo para querer a todos a los que queremos. Una navidad que nos llena de alegría. Una navidad que quisiera compartir con todos. Una navidad que recuerde a quienes están solos y a quienes no quieren celebrarla. Una navidad en la que podamos hablar de todo sin acritud, sin dejar de brindar, brindar por un tiempo compartido.

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