Esta solicitud ha sido planteada a la Consejería de Medio Ambiente y Rural, Políticas Agrarias y Territorio de la Junta de Extremadura para que, a su vez, la haga llegar al Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente para que sea tramitada así ante el Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas a fin de que se modifiquen los índices de estimación objetiva para el IRPF 2017.

Según ha indicado Cooperativas Agro-alimentarias Extremadura en nota de prensa, la petición se basa en que el año 2017 ha sido “nefasto” debido a la “extrema” sequía que ha padecido el campo extremeño y que ha afectado a todos los sectores agroganaderos generando “importantes” pérdidas económicas, así como un incremento de los costes de producción y la reducción de los precios en origen.

Por ello, Cooperativas Agro-alimentarias Extremadura entiende que son las Administraciones quienes deben “generar políticas que corrijan estas desigualdades”, como son medidas de política fiscal para paliar en cierto modo las pérdidas que sufre el sector productor como “eslabón más débil de la cadena alimentaria”.

Así, la ausencia de precipitaciones durante todo el año ha provocado pérdidas “importantes” en el sector de la aceituna, especialmente en el olivar de secano que llegan a superar el 50 por ciento de la producción de aceituna de mesa y que asciende al 100 por ciento en las comarcas del norte de Cáceres, debiendo destinarse a almazara con la consiguiente pérdida de rentabilidad por parte del olivicultor.

PÉRDIDAS EN TODOS LOS SECTORES
Asimismo, ha continuado el comunicado, la climatología adversa ha sido la causa también de las pérdidas de producción vitivinícola en Extremadura, que han descendido un 42 por ciento respecto a la pasada campaña, especialmente en las de secano como Tierra de Barros con una bajada en la producción del 50 por ciento en uva tinta y el 30 por ciento en uva blanca.

Estas mismas condiciones, “altas temperatura y falta de agua”, han afectado a otros cultivos como el de higo, con importantes descensos de hasta el 70 por ciento en la producción en determinadas zonas u otros cultivos como el arroz, con pérdidas de producción del 20 por ciento, a lo que hay que añadir la “gravísima falta de rentabilidad del cultivo de arroz en Extremadura”.

Estas altas temperaturas provocaron problemas también en algunos cultivos hortícolas como en los de tomate, melón y pimiento, e influyeron también en la floración de la fruta de hueso en general, anticipando y agrupando gran parte de la producción en una fecha concreta de la campaña, que además coincidió en algunos casos con otras zonas productoras de la geografía española, que supuso una pérdida de rentabilidad del 60 por ciento.

De igual forma, en el cultivo de la cereza fueron las tormentas registradas en mayo las que generaron una pérdida de producción de hasta un 75 por ciento para los afectados, originando esta situación una pérdida del 40 por ciento de la producción de cerezas de algunas localidades.

En el caso de los cereales de invierno, la escasez de precipitaciones y altas temperaturas han provocado la pérdida de la totalidad de producción de girasol en secano en Extremadura y del 80 por ciento de la producción de cereales de invierno en diversas comarcas cacereñas, así como en toda la Campiña Sur.

PÉRDIDAS TAMBIÉN EN LAS EXPLOTACIONES GANADERAS
En relación a la ganadería, el año 2017 ha sido también “desastroso” para la ganadería en extensivo debido a la sequía, que ha incrementado los gastos de las explotaciones ganaderas en un 30 por ciento respecto al año anterior, debido a que los ganaderos han tenido que suplementar al ganado “al carecer de comida en el campo” de forma similar a una explotación intensiva con piensos concentrados y paja, que han incrementado su precio.

A ello se añade que las “grandes” inversiones que han debido realizar numerosas explotaciones ganaderas para acarrear agua, “al quedarse sin ella de forma natural”, y abrir nuevos pozo, construir aljibes y charcas e, incluso, comprar agua.

Finalmente, en el sector apícola, la campaña 2017 podría calificarse igualmente como “nefasta” desde el punto de vista productivo, siendo “probablemente la peor campaña apícola desde hace más de 30 años” ya que la mayoría de zonas productoras de las mieles claras sufrieron una “drástica” reducción de la producción, de hasta el 80 por ciento en relación a la media de un año normal, mientras que en el caso de las mieles oscuras fue de un 60 por ciento respecto a la media de un año normal.

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